Cambio de rutina

Me he visto a gatas con la actualización de contenidos de mi blog por dos razones de fuerza mayor; la primera, es el inesperado daño de mi portátil con el chip de vídeo, lo cual no me permite hacer absolutamente nada, y la segunda es el haber encontrado un breve contrato de trabajo en una población cercana a la ciudad de Pasto, con el pequeño detalle de tener que viajar a mi casa cada fin de semana y por ahora, sin mi portátil. Pido excusas por mi demora y espero pronto poder compartir algunas de las ideas que pasan por mi mente.

Sin embargo, pese a la desconexión del mundo virtual, las redes sociales y los contenidos a los que accedemos a diario, me ha permitido, de alguna forma, cerrar los ojos y ver otras realidades que suelen pasar ajenas o suelen ser vistas con menosprecio, quizá moldeados por nuestra dependencia de la tecnología o por las dinámicas de la vida en la ciudad.

Es mi primera vez que trabajo fuera de mi ciudad, en una pequeña población de apenas 6600 habitantes aproximadamente; es un “pueblito de casas pequeñitas” como dice la canción, la plaza principal, dos calles y tres manzanas de casas; no entra la señal de radio ni televisión aunque si hay acceso a celular e internet, su gente es relajada, amable, con facilidad para entablar amistad con el foráneo, y puede verse instantáneamente que todos se conocen entre todos. No puede haber desconocidos en un pueblito tan pequeño.

En la soledad de mi habitación, reflexiono antes de sucumbir al reposo que pide el cuerpo; sobre el mover del pequeño poblado está presente el siglo 21 y su tecnología; sus televisores plasma, las redes sociales y las decenas de canales de televisión satelital, pero coexiste con formas tradicionales de vivir; el transporte a caballo, las vías destapadas y polvorientas, la agricultura tradicional con sus limitaciones y su encanto… no es un mal sitio para vivir después de todo y pese a lo que imaginaba a priori de esta nueva aventura.

El día inicia con un sol esplendoroso, miles de insectos inundan el lugar con sus sonidos, cantan loros, curillos, gallos y quién sabe cuántas aves más; suena la alarma del celular y me levanto haciendo elongaciones con las extremidades como gesto evidente de pereza y modorra. Voy a la ducha, abro la llave y sale el chorro de agua fría; diez minutos después estoy más sobrio que predicador el domingo a las 8 de la mañana; una nueva jornada de trabajo inicia.

Saludo a mis compañeros, son jóvenes, algunos apenas superan los 20 años, actualizan su día con los últimos chismes y fotos de Facebook que revisan en los computadores de la oficina; – ”Ingeniero” buenos días, ¿cómo amaneció? – bien gracias ¿y usted que tal? – respondo. Me cuesta acostumbrarme al trato de “ingeniero” a cada rato; otros con más confianza me dicen – “Inge”, que mal que jugó Colombia ¿no? – Advierto un tono amistoso en el apócope y me uno a la conversación. Llega el momento de ir a visitar las fincas con uno de los técnicos; – Vamos “Inge” – dice el joven que me llevará al lugar de trabajo. Agradezco su generosidad al llevarme en su motocicleta pese a las condiciones del terreno.

Llegamos. Son predios pequeños y los campesinos se las arreglan para producir y tener ganancias; la pequeña agricultura a duras penas sirve para sacar ganancias, es más bien una forma de vida y de subsistencia. Podría decirse sin exagerar que los agricultores trabajan de sol a sol para perder el poco dinero que tienen. Los campesinos nos reciben con cordialidad, salen a saludar algunos niños mientras los pollitos se corretean entre ellos y no falta el perro que amablemente mueve su cola y se dirige a saludarnos con sus lametazos. Es algo que agradezco al cielo por poder experimentarlo.

Revisamos los cultivos; fríjol, cítricos, aguacate, plátano, maracuyá… los campesinos manifiestan los problemas que han tenido con sus cultivos, algunos se quejan de la ausencia de mercado, otros son un poco más entusiastas; la mayoría tienen los mismos problemas sanitarios con sus cultivos y me preguntan – ¿Qué le echo a esa palomilla?, ¡que cosa tan jodida vea! – Accedo a dar la recomendación pertinente previa ayuda a mis apuntes de la universidad y esforzando la memoria. Terminamos la visita de forma amistosa en medio de un sol inclemente. La escena se repite varias veces, mientras en los trayectos el joven acompañante me manifiesta inquietud sobre algunos temas puntuales; agricultura, pago de salarios, anécdotas, preguntas personales. La amistad nace en un viaje en motocicleta. Ha pasado el mediodía, el viento refresca nuestros rostros mientras descansamos un rato. Es hora de la reunión con la gente de toda la vereda.

Llegan los demás compañeros, el zootecnista, un señor cercano a sus 50 años, de rostro y temperamento amable y un joven quizá de mi edad, ex líder estudiantil, católico confeso y de ideología de izquierda, radical en su pensamiento político; es el trabajador social, tiene una visión de la vida con la que me identifico en muchas cosas y tiene un muy buen discurso; inicia la reunión de capacitación con los productores. El pequeño salón se llena de gente de todas las edades; ancianos, adultos, niños todos dedicados a las labores agrícolas, sus manos gruesas y callosas dan fe de ello. Es mi turno de hablar. No tengo nervios, aunque temo que me corchen con una pregunta.

Saludo, hablo, expongo y ellos miran con atención; no hay preguntas, trato de hacerme ver como si no fuera un ser ajeno a su realidad y su contexto mientras trato de recordar las clases de extensión rural; no hay preguntas en toda la sesión mientras algunos asienten con atención en algunos momentos de la exposición. Termino el tema, doy paso a mis compañeros y con respeto me agradecen con un aplauso. Tal vez abusé de términos técnicos y sofisticados que no comprenden los agricultores; se me nota la falta de experiencia. Pese a ello me digo en mis adentros “Misión cumplida”.

Mientras tanto, toma la palabra el trabajador social, es evidente que tiene más recorrido en las lides del manejo de auditorios y maneja con destreza su discurso político, filosófico y el tema de su charla. Toca la fibra de la gente, habla sobre el liderazgo, la crisis del campo en Colombia, aporta algunas cifras, cita a Jesucristo, a Gandhi, a Mandela a Pepe Mujica y a Luther King; reflexiono sobre su mensaje y sobre cosas tan claras que no las ponemos en práctica; el perdón, el servicio, la virtud, el carácter… términos que en mi recorrido en la fe me son muy familiares, tanto, que suenan a muletillas pero que en esta ocasión las veo desde otro ángulo; las inquietudes se ajustan en mi cabeza y creo que tendré material para reflexionar. Esto sin duda me gusta.

Termina la reunión, la gente despide a mi compañero con otro aplauso y hay sonrisas en algunos rostros, otros siguen serios y otros con cara de “vinieron a decir más de lo mismo”. No le pongo atención a eso y creo que a conciencia el trabajo quedó bien hecho. Nuestro jefe, el zootecnista nos da la mano y sonríe. Estamos comentando algo cuando en ese momento, un hombre anciano, quizá pisando los 80, lleva un bastón en su mano y se acerca; me saluda, sus manos son duras y callosas pero el apretón es firme, con mucho respeto y cortesía me habla con palabras de agradecimiento por la charla que acabamos de dar, me siento como un niño que habla con su abuelo y que recibe palabras de cariño, apenas atino a decir “muchas gracias” mientras tengo un nudo en el corazón. El respetable señor hace lo mismo con mis compañeros mientras yo miro la escena y reflexiono… “jamás me imaginé un gesto de tal calidad con un señor desconocido por simplemente hacer mi trabajo”.

Sonrío y pienso en mi familia y mi hermano; mil cosas pasan por mi mente mientras trato de asimilar el gesto que tuvo aquel caballero. Es hora de regresar al pueblo, voy en la moto con el técnico y miro al horizonte; el sol alumbra con los últimos rayos y éstos pintan un paisaje celestial con las infinitas cadenas de montañas y las nubes que se asientan a su costado, me siento muy bendecido por poder apreciar esas postales cada día al final de mi trabajo y agradezco no estar encerrado en una oficina. ¡Dios! ¡Qué bueno eres!

Hemos llegado, me despido del técnico y regreso a mi cuarto, luego de una larga jornada tomo una ducha y pienso en esas cosas que no vienen firmadas como parte de pago en el contrato; despertar con el canto de los pájaros, ser beneficiario de la hospitalidad y generosidad de los campesinos, recibir palabras de agradecimiento por parte de un respetable señor, ver el sol ponerse en medio de las montañas… son cosas que afortunadamente no se pueden cuantificar y que poco a poco constituyen un tesoro de sensaciones y de experiencias que creo, me enriquecen como ser humano.

Y así ha sido mi cotidianidad en estos últimos días, agua fría, sol, mosquitos, agricultores, reuniones, caminos polvorientos, internet de pésima calidad, puestas de sol increíbles, y una sonrisa al final del día pese al cansancio.

Creo que esto se llama “bendición” sin necesidad de apelar a otro tipo de cosas.
Gracias por leer y un abrazo!

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